
Revolviendo en mi computadora me encontré con ciertos textos escritos de hace mucho tiempo, y, a pesar de sus imperfecciones, me encantan (Bah, ese aire de efusividad que le puse no tiene nada que ver, no “adoro mis textos”, me parecen buenos para el momento en que los escribí). Así que acá va uno… pá compartir nomás…
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Hubiera querido salir corriendo en ese instante, ser tragada por la tierra, o perder el conocimiento, al menos. Pero no. Siguió vivita y coleando, maldiciendo a su benéfica salud y a su buena suerte. Las manos sudorosas se entrelazaban y aplaudían temblorosamente, la saliva se reproducía luchando por brotar de las comisuras -esto la obligaba a tragar con mucha frecuencia y con dificultad, ya que la garganta había reducido su tamaño considerablemente-. Seguramente le preguntó qué le pasaba, si se sentía bien, o algo por el estilo, pero no pudo escucharlo por que sus oídos percibían un enjambre de abejas que, impulsadas por la furia, recorrían conductos y pasadizos, hasta llegar al estómago dónde iban y venían en busca de la miel, que estaba mucho más arriba. Las rodillas, atadas con resorte, se alejaban y se volvían a juntar con rapidez. Jura que fueron horas, constata que sólo transcurrieron unos segundos. Sólo cuando la nuca dejó de presionarle en la actitud retomó con un suspiro el momento inicial.
Se recuerda alegre y saltarina, bailando, hablando a más no poder; pero sabe que son las repeticiones de recuerdos ajenos, de gente que conserva la maldición de la memoria – Me gustaría, al menos, recordarme- se repite cuando la invade la nostalgia – Me gustaría, al menos, encontrarme- cada mañana al despertarse. A pesar de todo, es triste cuando se da cuenta de que existe un mundo afuera, que la gente camina sin importarle si ella lo imaginó de otro modo. Es sumamente exasperante darse cuenta de que las cosas no suceden como se las imagina, porque eso acarrea la necesidad de no imaginar más, para dejar, de una vez por todas, de desilusionarse. Se anhela interesante, ocurrente, sensual; se sueña de ese modo. Pero el espejo tampoco hace caso y sólo le devuelve ese cartoncito pintado de todos los días, esa farsa interminable y eterna, ese ir y venir de muecas que la comparan con un cuadro en la pared, siempre igual, siempre inmutable.
Hubiera querido correr, como también gritar, y hablar de estupideces, pero con la conciencia de ello. Porque siempre que desea decir algo inteligente sólo brota de los labios una estupidez, y a la hora de decir un chiste aflora una de sus verdades absolutas. Entonces calla. El silencio la ha reconocido en un rincón, como a un nene la oscuridad, cuando apenas entendía sus consecuencias. Ahora, cada vez más cerca de esa penumbra, mucho mas pegada a la pared, revela para sí misma las secuelas, los resultados, y se convence de seguir callando, obviando la posibilidad de que alguien la distinga entre la multitud, esa que a veces se le ríe en la cara con desparpajo. La multitud, la Gran Enemiga, hundirse en sus mareas equivale a rumbear por las miserias humanas, por sus miedos y fantasmas. Se ahoga, pide auxilio al sol, ya sin aire, los pies trastabillan, las manos aprietan los libros, los dientes rechinan y ya no piensa más que en salir de ahí sea como sea. Empuja, se abre camino, puja y vuelve a nacer cuando las voces se han ido, y los ojos miran algo que se ha ido para siempre.
Reconoce que no, que no sabe cuales son las fotocopias que hay que leer para la próxima clase, que no prestó atención, que la disculpara; pero tuvo que repetirlo, porque las palabras se habían amontonado entre los dientes y habían salido todas juntas, y le dio miedo. Que alguien le pidiera que repitiese lo que había dicho le dio miedo, sintió que había dejado al descubierto toda la oscuridad, repitió pausadamente y se volvió a callar, dispuesta a permanecer así. Pensó en que lo más probable era que pensaran que era una tonta, que no sabía hablar, que por ese exabrupto deducirían lo patética, depresiva, indeseable que era. Que él se lo merecía, que la pregunta era una pavada, que si quería saber qué fotocopia había que leer que escuchara la clase, o que le preguntara al profesor, que la gente no se da cuenta de que si uno está en silencio es porque quiere, que qué necesidad hay de hablar cuando es para decir una taradéz así, que si le hubiera preguntado dónde estaba el baño seguramente le hubiera dicho que dejara de preguntarle ese tipo de cosas que ella estaba para cosas mejores, que no podía perder un minuto de silencio por una nimiedad como esa, que cualquiera sabe dónde está el baño. Y de repente, los oídos zumbaron y ella con su voz aún pegada al piso dijo que al fondo a la derecha, pero que tenía que pedir la llave porque una vez algunos de una cursada anterior habían ido todos juntos y habían roto más de la mitad del mobiliario y que desde entonces hay que pedir la llave, y se detuvo en seco. Alguien sonrío, y dijo gracias, y ella se odió de la cabeza a los pies. Maldita verborragia.




