Marzo 7, 2008...12:51 pm

Selección de poemas de Jaime Sabines

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SIGUE LA MUERTE

1

 

No digamos la palabra del canto,

cantemos. Alrededor de los huesos,

en los panteones, cantemos.

Al lado de los agonizantes,

de las parturientas, de los quebrados,

de los trabajadores, cantemos.

Bailemos, bebamos, violemos.

Ronda del fuego, círculo de sombras,

con los brazos en alto, que la muerte llega.

 

Encerrados ahora en el ataúd del aire,

hijos de la locura, caminemos

en torno de los esqueletos.

Es blanda y dulce como una cama con mujer

Lloremos.

Cantemos: la muerte, la muerte, la muerte,

hija de puta, viene.

 

La tengo aquí, me sube, me agarra

por dentro.

Como un esperma contenido,

como un vino enfermo.

Por los ahorcados lloremos,

por los curas, por los limpiabotas,

por las ceras de los hospitales,

por los sin oficio y los cantantes.

Lloremos por mí,

el más feliz, ay, lloremos.

 

Lloremos un barril de lágrimas.

Con un montón de ojos lloremos.

Que el mundo sepa que lloramos aquí

por el amor crucificado y las vírgenes,

por nuestra hambre de Dios

(¡pequeño Dios el hombre!)

y por los riñones del domingo.

 

Lloremos llanto clásico, bailando,

riendo con la boca mojada de lágrimas.

Que el mundo sepa que sabemos ser trágicos.

Lloremos por el polvo

y por la muerte de la rosa en las manos

Yo, el último, os invito

a bailar sobre el cráneo del tiempo.

¡De dos en dos los muertos!

Al tambor, a la Luna,

al compás del viento.

¡A cogerse las manos, sepultureros!

Gloria del hombre vivo:

¡espacio para el miedo

que va a bailar la danza que bailemos!

 

Tranca la tranca,

con la musiquilla del concierto

¡qué fácil es bailar remuerto!

 

2

 

¿Vamos a seguir con el cuento del canto y de la risa?

¡Ojos de sombra, corazón de ciego!

 

Pirámides de huesos se derrumban,

la madre hace los muertos.

Aremos los panteones y sembremos.

Trigo de muerto, pan de cada día,

en nuestra boca coja saliva.

(Moneda de los muertos sucia y salada,

en mi lengua hace de hostia petrificada.)

Hay que ver florecer en los jardines

piernas y espaldas entre arroyos de orines.

Cráneos con sus helechos, dientes violetas,

margaritas en las caderas de los poetas.

Que en medio de este cante

el loco pájaro gigante,

aleluya en el ala del vuelo,

aleluya por el cielo.

 

¡De pie, esqueletos!

Tenemos las sonrisas por amuletos.

¡Entremos a la danza,

en las cuencas los ojos de la esperanza!

 

3

 

Hay que mirar los niños en la flor de la muerte floreciendo,

luz untada en los pétalos nocturnos de la muerte.

Hay que mirar los ojos de los ancianos

mansamente encendidos, ardiendo en el aceite

votivo de la muerte.

Hay que mirar los pechos de las vírgenes

delgados de leche

amamantando las crías de la muerte.

Hay que mirar, tocar, brazos y piernas,

bocas mejillas, vientres

deshaciéndose en el ácido de la muerte.

Novias y madres caen,

se derrumban hermanos silenciosamente

en el pozo de la muerte.

Ejército de ciegos,

uno tras otro, de repente,

metiendo el pie en el hoyo de la muerte.

 

4

 

Acude, sombra, al sitio en que la muerte

nos espera.

Asiste, llanto, visitante negro.

Agujas en los ojos, dedos en la garganta,

brazos de pesadumbre sofocando el pecho.

La desgracia ha barrido el lugar

y ha cercado el lamento.

Coros de ruinas organiza el viento.

Viudos pasan y huérfanos,

y mujeres sin hombre,

y madres arrancadas, con la raíz al aire,

y todos en silencio.

Asiste, hermano, padre,

ven conmigo, ternura de perro.

Mi amor sale como el sol diariamente.

Cortemos la fruta del árbol negro,

bebamos el agua del río negro,

respiremos el aire negro.

 

No pasa, no sucede, no hablar del tiempo.

Esto ha de ser, no sé, esto es el fuego

-no brasa, no llama, no ceniza-

fuego sin rostro, negro.

Deja que me arranquen uno a

después la mano, el brazo,

que me arranquen el cuerpo,

que me busquen inútilmente negro.

 

Vamos, acude, llama, congrega

tu rebaño, muerte, tu pequeño

rebaño del día, enciérralo en tu puño,

aprisco de sueño.

 

Dejo en ti, madre nuestra,

en ti me dejo.

Gota perpetua,

bautizo verdadero,

en ti, inicial, final, estoy, me quedo.

A medianoche

 

A MEDIANOCHE, a punto de terminar agosto, pienso con tristeza en las hojas que caen de los calendarios incesantemente. Me siento el árbol de los calendarios.

 

Cada día, hijo mío, que se va para siempre, me deja preguntándome: si es huérfano el que pierde un padre, si es

viudo el que ha perdido la esposa, ¿cómo se llama el que pierde un hijo?, ¿cómo, el que pierde el tiempo? Y si yo

mismo soy el tiempo, ¿cómo he de llamarme, si me pierdo a mí mismo?

 

El día y la noche, no el lunes ni el martes, ni agosto ni septiembre; el día y la noche son la única medida de nuestra duración. Existir es durar, abrir los ojos y cerrarlos.

 

A estas horas, todas las noches, para siempre, yo soy el que ha perdido el día. (Aunque sienta que, igual que sube la fruta por las ramas del durazno, está subiendo, en el corazón de estas horas, el amanecer)

Estoy metido en política

 

ESTOY METIDO EN LA POLITICA otra vez.

Sé que no sirvo para nada, pero me utilizan
Y me exhiben

“Poeta, de la familia mariposa-circense,
atravesado por un alfiler, vitrina 5”.

(Voy, con ustedes, a verme)

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