Ya dormí, ya desperté, ya me reí, me acribillé…
En esperas del fin de semana, cargado de estudio y pocas horas… Esa cantidad de libertad limitada con la que nos conformamos, esa mínima posibilidad de respiro entre semana y semana… ¿qué más se puede pedir? Y… si nos podemos a pensar yo pediría rascarme olímpicamente a cuatro manos… o, al menos, poder controlar mis horarios, no depender de la gana de los otros, un poco más de money money: no quiero ser millonaria (bah… no estaría nada mal) pero disponer de un poco más de capital me permitiría llegar a fin de mes sin contar las monedas para el micro… Es curioso, uno desea, anhela tener mucho dinero y responde ante las peripecias de personas como Paris Hilton: “qué hija de puta… cómo me gustaría tener la guita que tiene”. Pero luego, ante un segundo pensamiento, y quizás a causa de la resignación, le espetamos en la pantalla del televisor que ella no es feliz, que preferimos viajar en un micro destartalado a nuestro ruinoso trabajo todos los santos días que tener una vida fácil y superficial como la de ella.
En “la insoportable levedad del ser” Milan Kundera dice que “Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será.” La gran mayoría de nosotros, ubicados en una franja cada vez más populosa de clase media tirando a baja-bajísima, solemos recurrir a esto más de dos veces por día. Quizás sea real, tal vez no… Todos lo decimos mientras soñamos con una libertad económica total, soñamos con dinero, con fama, con reconocimiento… Soñamos despojarnos de todas las preocupaciones, y trabajamos por ello. Trabajamos horas extra, usurpamos nuestras horas de sueño con preocupaciones de tipo material, y, para no dilatar más el punto, desperdiciamos las horas, lo único que no se puede recuperar… Y el tiempo es mi conflicto. El tiempo es para mí como una maldición, un pedazo de cruz en mi espalda. La dependencia del reloj me ofende.
Ya no contar las moneditas para el micro (o mejor dicho, además de contar las moneditas) contar los minutos, segundos para llegar a algún lugar o para irme, calcular (¡Yo calcular, que detesto todo aquello que tenga que ver con números!) cuánto tarda el micro, el recorrido, la caminata, para llegar puntual. Porqué si yo fuera impuntual sería genial, pero no, el tiempo me agobia porque yo misma me agobio con él. Tampoco soy una enferma, ponele que ya no me preocupa tanto llegar al trabajo en punto, pero me he dado cuanta que eso se debe a que no me lo exigen, a nadie le molesta que yo llegue media hora más tarde. Luego, con situaciones de carácter más externo (digamos, por ejemplo, la facultad) dónde nadie me espera, ni nadie me expele, dónde a nadie modifica que llegue tarde, y digamos que llegar cinco minutos más tarde no me significa ninguna pérdida de conocimiento considerable; ahí me desespero, necesito llegar bien temprano, acomodarme, tener mi momento… Y no tiene que ser así.
Pero el tiempo sigue siendo todo en la vida, más aún que el dinero. Aunque, pensándolo bien, el tiempo es una característica de esos ideales monetarios a los que queremos llegar. El que tiene plata tiene tiempo. La cantidad de horas es proporcional a la cantidad de dinero y, por ende, yo no tengo tiempo porque no tengo plata; y creo ser lo bastante consciente cómo para asegurar que nunca la voy a tener (a no ser que me gane el Quini, pero nunca juego…). De hecho, todo esto me asevera que nunca en mi vida voy a tener un minuto libre, o sea que nunca voy a llegar a no tener que contar los centavos para el micro. De hecho, viajaré eternamente en colectivos… Wooow, las cosas que uno puede predecir…
Julio 11, 2007 a 10:29 pm
“A no ser que me gane el Quini, pero nunca juego…”
Me parece que esa frase encierra un montón de cosas, que tiene como un simbolismo oculto, un trasfondo… o quizás estoy delirando, pero fue la frase que más me gustó.
Nos debemos un café. El problema es que yo sí soy impuntual…