Está difícil la adivinanza…

Publicado en Divagando, La internete con etiquetas , , , el 10 Enero 2010 por Tita

El Cuento del Día

Publicado en El Cuento del Día, Palabras ajenas con etiquetas , , , , , , el 9 Enero 2010 por Tita

El Cuento del Día es un proyecto vía Facebook, en el que me acompañan los  amigos de Diosgalón, LaGlorybox y Dame Bola. La idea es simple: un cuento por día en tu muro facebookeano, entre frases de Arjona y tu foto diaria (?), aplicaciones a las que le hacemos la guerra. No estaría mal que por lo menos te asomes a ver qué onda… entrá con tu cuenta de facebook por acá

Pero no nos quedamos con eso solo, hace poco realizamos el Primer Concurso Literario el Cuento del Día y ya publicamos a las ganadoras, y -como si todo esto fuera poco- a partir del viernes 15/01/10 (y los viernes siguientes) el Cuento del Día se agranda al presentar La Pascualita, una maravillosa novelita de nuestro amigo David Rojas.

La vida de Alicia Pascual -La Pascualita- esta signada por el azar.
La Pascualita tuvo una infancia normal: sus compañeros de escuela la tomaban de punto, nunca se llevó bien con su madre que la vestía ridiculamente y fue marcada a fuego por las adicciones de su padre quien la abandonó muy pronto.
Hoy La Pascualita es una mujer que no deja de buscar la felicidad, aunque se le vaya la vida en eso.
No se pierda a La Pascualita en un trepidante viaje en busca del amor de Buitrón en esta emocionante “rail aventure”.

No te la pierdas!

¡No te la pierdas!

Saludo militar

Publicado en Divagando, Tita dixit el 4 Enero 2010 por Tita

Un fuego mortecino alumbra a los caídos, las explosiones no cesan, los cuerpos gimen; detrás de una trinchera dos english gentlemen toman su té enfundados en sendos trajes negros.

-Si es cierto lo que dices esta burda batahola terminará pronto, aún así prefiero pensar que estamos presenciando el fin del mundo… pásame los scones, por favor…

-Recuérdame no comprar nunca más este Earl Grey de mala calidad, mi té sabe a tierra…

-¡Oh, no! que la culpa no es del té, es este viento fastidioso que se empeña en llenar de tierra mi bombín…

-Ayer leí un libro maravilloso, contaba los pormenores de la Guerra de los Cien Años…

-Mi dios, no puedo imaginarme las toneladas de té que se deben haber necesitado para sobrevivir todo ese tiempo… Hablando de él ¿Dónde se ha metido? Hace rato que no lo veo.

- Desgraciado… no ha vuelto desde que se llevó mi juventud con la excusa de una fiesta de disfraces. Debe estar adulándola a la orilla de una playa tropical… con lo que le gusta a la desagradecida…

- Lamento escuchar eso… En lo que a mí respecta esa cordura era bastante anodina, se la cambié por estos zapatos de piel de cocodrilo. Me quedan chicos, pero a me gusta pensar que resaltan la silueta de mis pies.

-Hazme el favor de quitar esa gota de sangre de la manteca, y -si no es mucho pedir- sería conveniente que devolvieras ese brazo a su dueño, debe estar preocupado.

El de los zapatos de piel asoma la cabeza y vuelve a sentarse negando enérgicamente.

-Ningún dueño a la vista, debe ser un brazo recién emancipado. Dejaré que se reúna con esas piernas que llegaron al mediodía, parecen agradables… ¡Oh! me olvidaba, la manteca.

Fragmentario – El amante de Marguerite Duras

Publicado en Fragmentario, Palabras ajenas con etiquetas , , , , el 3 Enero 2010 por Tita

La historia de mi vida no existe. Eso no existe. Nunca hay centro. Ni camino, ni línea. Hay vastos pasajes donde se insinúa que alguien hubo, no es cierto, no hubo nadie. Ya he escrito, más o menos, la historia de una reducida parte de mi juventud, en fin, quiero decir que la he dejado entrever, me refiero precisamente a ésta, la de la travesía del río. Con anterioridad, he hablado de los períodos claros, de los que estaban clarificados. Aquí hablo de los períodos ocultos de esa misma juventud, de ciertos ocultamientos a los que he sometido ciertos hechos, ciertos sentimientos, ciertos sucesos. Empecé a escribir en un medio que predisponía exageradamente al pudor. Escribir para ellos aún era un acto moral. Escribir, ahora, se diría que la mayor parte de las veces ya no es nada. A veces sé eso: que desde el momento en que no es, cada vez, confundiendo las cosas en una sola incalificable por esencia, escribir no es más que publicidad. Pero por lo general no opino, sé que todos los campos están abiertos, que no surgirá ningún obstáculo, que lo escrito ya no sabrá dónde meterse para esconderse, hacerse, leerse, que su inconveniencia fundamental ya no será respetada, pero no lo pienso de antemano.

Fragmento de El amante de Marguerite Duras

Fragmentario – La Señora Dalloway de Virginia Woolf

Publicado en Fragmentario, Palabras ajenas con etiquetas , , el 3 Enero 2010 por Tita

Los hombres no deben cortar los árboles. Hay Dios. (Septimus anotaba estas revelaciones al dorso de sobres.) Cambia el mundo. Nadie mata por odio. Hazlo saber (lo escribió). Esperó. Escuchó. Un gorrión, encaramado en la barandilla ante él, pió Septimus, Septimus, cuatro o cinco veces, y siguió emitiendo notas para cantar con lozanía y penetración, en griego, que el crimen no existe, y se le unió otro gorrión, y ambos cantaron en voces prolongadas y penetrantes, en griego, en los árboles del valle de la vida, más allá del río por el que los muertos caminan, que la muerte no existe.

Pero él seguía alto, sobre la roca, como un marinero ahogado sobre una roca. Me incliné sobre la borda de la barca y me caí, pensó. Me fui al fondo del mar. He estado muerto, y sin embargo ahora estoy vivo, pero dejadme descansar en paz, suplicó (volvía a hablar para sí, ¡era horrible, horrible!); y, tal como ocurre antes de despertar, las voces de los pájaros y el sonido de las ruedas cantan y suenan en una extraña armonía, y adquieren más y más fuerza, y el durmiente siente que es arrastrado hacia las playas de la vida, y de esta manera sintió Septimus que era arrastrado hacia la vida, que se hacía más cálida la luz del sol, que sonaba con más fuerza los gritos, y algo tremendo, algo horrible, estaba a punto de ocurrir.

Decía que debía tener un hijo como Septimus. Pero nadie podía ser como Septimus; tan dulce, tan serio, tan inteligente. ¿Por qué no podía ella leer también a Shakespeare? ¿Era Shakespeare un autor difícil?, preguntaba Rezia. Uno no puede traer hijos a un mundo como este. Uno no puede perpetuar el sufrimiento, ni aumentar la raza de estos lujuriosos animales, que no tienen emociones duraderas, sino tan solo caprichos y vanidades que ahora les llevan hacia un lado, y luego hacia otro.

Miraba como Rezia manejaba las tijeras, daba forma, cual se contempla a un pájaro picotear y saltar en el césped, sin atreverse a mover ni un dedo. Porque la verdad es (dejemos que Rezia lo ignore) que los seres humanos carecen de bondad, de fe, de caridad, salvo en lo que sirve para aumentar el placer del momento. Cazan en jauría. las jaurías recorren el desierto, y chillando desaparecen en la selva. Abandonan los caídos. Llevan una máscara de muecas.

Fragmentos de La Señora Dalloway de Virginia Woolf

Leonora Carrington – El enamorado

Publicado en El Cuento del Día, Palabras ajenas con etiquetas , , , , , , el 3 Enero 2010 por Tita

Paseando al anochecer por una callejuela, hurté un melón. El frutero, que estaba escondido detrás de sus frutas, me atrapó por el brazo: “Señorita, me dijo, hace cuarenta años que espero una ocasión como ésta. Cuarenta años que me la paso escondido detrás de esta pila de naranjas con la esperanza de que alguien me arrebate una fruta. Y le digo por qué: necesito hablar, necesito contar mi historia. Si usted no me escucha, la entregaré a la policía.”

“Le escucho”, dije yo.

Me tomó del brazo y me llevó al interior de su tienda entre frutas y legumbres. Pasamos por una puerta, al fondo, y llegamos a un cuarto. Había allí un lecho en el que hacía una mujer inmóvil y probablemente muerta. Me pareció que debía estar allí desde hacía mucho tiempo pues el lecho estaba todo cubierto de hierbas crecidas. “Lo riego todos lo días”, dijo el frutero con aire pensativo.

“En cuarenta años nunca he llegado a saber si estaba muerta o no. Nunca se ha movido, ni hablado, ni comido durante ese lapso; pero lo curioso es que sigue estando caliente. Si usted no me cree, mire”. Y entonces levantó un ángulo de la cobija, lo que me permitió ver muchos huevos y algunos polluelos recién nacidos. “Usted ve, es el modo que utilizo para incubar los huevos (también vendo huevos frescos)”.

Nos sentamos a cada lado del lecho y el frutero comenzó a hablar: “La quiero tanto, créame. La he querido siempre. Era tan dulce. Tenía unos piesecitos ágiles y blancos. ¿Quiere usted verlos?” “No”, dije yo.

“En fin”, continuó diciendo con un profundo suspiro, “era tan hermosa. Yo tenía cabellos rubios, ella hermosos cabellos negros (ahora, los dos tenemos cabellos blancos). Su padre era un hombre extraordinario. Tenía una gran casa en el campo. Se dedicaba a coleccionar costillas de cordero. Por ese motivo llegamos a conocernos. Yo tengo una especialidad: sé desecar la carne con la mirada. El señor Pushfoot (ése era su nombre) oyó hablar de mí. Me invitó a su casa para desecar sus costillas a fin de que no se pudrieran. Agnes era su hija. Fue un amor a primera vista. Partimos juntos en barco por el Sena. Yo remaba. Agnes me hablaba así: “Te quiero tanto que vivo sólo para ti”. Y yo le decía lo mismo. Creo que es mi amor lo que la mantiene cálida; quizás está muerta, pero el calor persiste”. – “El año próximo”, prosiguió con la mirada perdida, “sembraré algunos tomates; no me asombraría que se desarrollaran bien allí dentro.” – “Caía la noche y no se me ocurría dónde pasar nuestra primera noche de bodas; Agnes se había vuelto pálida, muy pálida por la fatiga. Finalmente, apenas salimos de París, vi una cantina que daba sobre la orilla. Aseguré el barco y penetramos por la galería negra y siniestra. Había allí dos lobos y un zorro que se paseaban a nuestro alrededor. No había nadie más”.

“Llamé, llamé a la puerta que encerraba un terrible silencio. “Agnes está muy fatigada, Agnes está muy fatigada”, gritaba yo lo más fuerte que podía. Finalmente una vieja cabeza se asomó por la ventana y dijo: “No sé nada. Aquí el patrón es el zorro. Déjeme dormir: usted me fastidia.” Agnes se puso a llorar. No quedaba otro remedio: tenía que dirigirme al zorro. “¿Tiene usted camas?” le pregunté varias veces. No respondió nada: no sabía hablar. Y de nuevo la cabeza, más vieja que antes, que desciende suavemente desde la ventana, atada a un cordoncito: “Diríjase a los lobos; yo no soy el patrón aquí. Déjeme dormir, por favor”. Acabé por comprender que esa cabeza estaba loca y que no tenía sentido continuar. Agnes seguía llorando. Di varias vueltas alrededor de la casa y al fin pude abrir una ventana por la que entramos. Nos encontramos entonces en una cocina alta; sobre un gran horno enrojecido por el fuego había unas legumbres que se cocían solas y saltaban por sí mismas en el agua hirviendo; ese juego las divertía mucho. Comimos bien y después nos acostamos sobre el piso. Yo tenía a Agnes en mis brazos. No pudimos dormir ni un minuto. Esa terrible cocina contenía toda clase de cosas. Una enorme cantidad de ratas se había asomado al borde exterior de sus agujeros, y cantaban con vocecitas aflautadas y desagradables. Había olores inmundos que se inflaban y desinflaban uno tras otro, y corrientes de aire. Creo que fueron las corrientes de aire las que acabaron con mi pobre Agnes. Ya nunca más se recobró. Desde ese día habló cada vez menos”.

Y el frutero estaba tan cegado por las lágrimas que no tuve dificultad en escaparme con mi melón.

Tomado de “Antología de la poesía surrealista”. Aldo Pellegrini (Editorial Argonauta), Barcelona-Buenos Aires, 1981

Traducción de Aldo Pellegrini del libro de Leonora Carrington “La Dame Ovale” (1939, París)

Leonora Carrington

¿Querés leer más cuentos? Muy fácil, entrá al Cuento del Día

Fragmentario – Fahrenheit 451 de Ray Bradbury

Publicado en Fragmentario, Palabras ajenas con etiquetas , , , , , el 2 Enero 2010 por Tita

¡Ea! Un libro es un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo. Quita el proyectil del arma. Domina la mente del hombre. ¿Quién sabe cuál podría ser el objetivo del hombre que leyese mucho? ¿Yo? No los resistiría ni un minuto.

- Había una muchacha, ahí, al lado – dijo con lentitud -. Ahora, se ha marchado, creo que ha muerto. Ni siquiera puedo recordar su rostro. Pero era distinta. ¿Cómo… cómo pudo llegar a existir?
Beatty sonrió.
- Aquí o allá, es fatal que ocurra. ¿Clarisse McClellan? tenemos ficha de toda su familia, Les hemos vigilado cuidadosamente. La herencia y el medio ambiente hogareño pueden deshacer mucho de lo que se inculca en el colegio. Por eso hemos ido bajando, año tras año, la edad de ingresar al parvulario, hasta que, ahora, casi arrancamos a los pequeños de la cuna. Tuvimos varias falsas alarmas con los McClellan, vuando vivían en Chicago. Nunca les encontramos un libro. El tío tiene un historial confuso, es antisocial. ¿La muchacha? Es una bomba de relojería. La familia había estado influyendo en su subconciente, estoy seguro, por lo que pude ver en su historial escolar. Ella no quería saber cómo se hacía algo sino por qué. Esto puede resultar embarazoso. Se pregunta el porqué de una serie de cosas y se termina sintiéndose muy desdichado. Lo mejor que podía pasarle a la pobre chica era morirse.
- Sí, morirse.
- Afortunadamente, los casos extremos como ella no aparecen a menudo. Sabemos cómo eliminarlos en embrión. No se puede construir una casa sin clavos en la madera. Si no quieres que un hombre se sienta políticamente desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión, para preocuparle; enseñale sólo uno. O, mejor aún, no le des ninguno. Haz que olvide que existe una cosa llamada guerra. Si el Gobierno es poco eficiente, excesivamente intelectual o aficionado a aumentar los impuestos, mejor es que sea todo eso que no que la gente se preocupe por ello. Tranquilidad, Montag. Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando la letra de las canciones más populares, o los nombres de las capitales de Estado o cuánto maiz produjo Iowa el año pasado. Atibórralo de datos no combustibles, lánzales encima tantos “hechos” que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto a información. Entonces, tendran la sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse. Y serán felices, porque los hechos de esta naturaleza no cambian. No les des ninguna materia delicada como Filosofía o Sociología para que empiecen a atar cabos. Por ese camino se encuentra la melancolía. Cualquier hombre que pueda desmontar un mural de televisión y volver a armarlo luego, y, en la actualidad, la mayoría de los hombres pueden hacerlo, es más feliz que cualquier otro que trate de medir, calibrar y sopesar el Universo, que no puede ser medido ni sopesado sin que un hombre se sienta bestial y solitario. Lo sé, lo he intentado. ¡Al diablo con ello! Así, pues, adelante con los clubs y las fiestas, los acróbatas y los prestidigitadores, los coches a reacción, las bicicletas, helicópteros, el sexo y las drogas, más de todo lo que esté relacionado con los reflejos automáticos. Si el drama es malo, si la película no dice nada, si la comedia carece de sentido, dame una inyección de teramina. Me parecerá que reacciono con la obra, cuando sólo se trata de una reacción táctil a las vibraciones. Pero no me importa, Prefiero un entretenimiento completo.

Fragmento de Fehrenheit 451 de Ray Bradbury

Wanna be a member? Bimbo’s Initiation – 1931

Publicado en La internete, Videos con etiquetas , , , , , , , , el 2 Enero 2010 por Tita

La eterna flapper girl Betty Boop en La iniciación de Bimbo, caricatura de 1931

Y una yapa por aquí…